Y yo sí que lo he hablado mucho, ya que mi escuela por sí misma era una pesadilla. Un edificio que en aquella época me parecía algo raro, casi mágico, rodeado de una atmósfera oscura y griz; era un colegio de misioneros, pero un colegio de verdad ya que sólo un pasillo nos separaba de las habitaciones de los curas.
Las aulas, todas contaban con sillas, pupitres y mesas del profesor muy viejas, así como los postigos, las ventanas, todo era muy antiguo; casi como si los objectos contaran la historia del edificio y de los alumnos de los años pasados. También por las fotografías colgadas a las paredes, en los pasillos, no nos costaba imaginar viejas historias, más bién era una de las cosas que más nos gustaba hacer. Mi escuela era muy pequeña; sólo 1 sección para el primer ciclo y dos por el segundo, así que a pesar de las 3 plantas había muy pocas aulas; pero los baños eran increibles, aún hoy sigo sognando con ellos. Eran viejos, viejísimos; los grifos tenían una forma muy rara y había un montón de inodoros, no sé porqué. También había un comedor gigante, "el refectorio", lleno de mesas, donde las monjas eran las camareras.
No hace falta que lo repita otra vez, pero todo parecía gritar misterio, hasta los baños. Pero lo que nos daba más miedo y intrigaba a la vez, eran las zonas "prohibidas".
Ya os conté de los pasillos que conducían al colegio verdadero de los curas; estos hacían parte de las zonas en las que no estaba permitido entrar, así como los cuartos siempre cerrados y algunas escaleras que llevaban no sé donde; la aula de la 3^B, que tuve la suerte de vivir, contaba con una escalera de caracol cuyo final siempre quedó oscuro. Se cuenta que una vez un chico se atrevió a subir y un cura le pegó y humilló delante de todos.
Ni hablar de las comidas. En aquel refectorio maloliente, las mesas siempre estaban sucias. La comida asquerosa, las monjas nunca sonreiban. Había una especie de "guarda", una mujer cuya tarea era garantizar el silencio durante toda la comida. Sólo nos era concedido hablar durante la oración, antes de comer. Los quienes hablaban, ¡afuera! Y la guarda siempre gritando Silencio! Eeeh! Basta!
Después de la comida, ibámos a jugar en el patio. Lo único positivo, el patio. Podiamos jugar a futbol, baloncesto, escondite, a lo que queramos. Y apróximadamente a las 3 empezaba el "doposcuola", así que todo el mundo en fila y a subir para hacer los deberes en aula, con la misma "guarda" del refectorio que se ocupaba de nosotros.
Los que terminaban primero podían bajar para jugar y esperar los padres. Yo no me quedaba casi nunca después de las 3 ya que por suerte venía mi padre a recogerme, pero cuando me quedaba me lo pasaba muy bién: siempre iba con unos cumpañeros atrevidos a la exploración de las zonas prohibidas, así descubrimos pasillos larguísimos con fotos aún más viejas y un montón de objectos en desuso, y corredores "alternativos" que llevaban a zonas conocidas. Algo horroroso y fantástico a la vez, pero bueno, eramos niños con unas ganas increíbles de rebelarnos a los esquemas que se imponían. Vaya miedo, ¡y durante 8 años! tanto nos imponían reglas y absurdas forma de pensar, que cada vez que escuchaba a otros chicos hablando de ideas diferentes sobre el mismo asunto casi me asustaba, me preocupaba. Igual lo tomaba todo demasiado en serio, era una niña muy educada y para no dar preocupaciones a mis padres siempre trataba de portarme bien; pero os aseguro que cuando empecé el instituto, a la hora de subir a la aula todo el mundo charlaba y hacía ruido - a mí me parecía tan raro pero raro... Que me dí cuenta de la cantidad de chorradas que nos inculcaban; hablaban tanto de respeto y eran los primeros en enseñarnos a horrorizar delante de cosas y personas diferentes, hasta convencernos que fuera justo. Por mucha ilusión que me haga hablarlo, (y no lo niego, siempre que paso por Via Bosa con mis amigos les digo Mira! Esta era mi escuela...y bla bla bla a contarlo todo, como acabo de hacer con vosotros jajaj) es absurdo pensar que sus manera de educar se basaba en prohibiciones muy severas e incluso humillaciones. Sí, porque los sábados por la tarde, a los que se quedaban a la misa en la iglesia del colegio (y eso no era obligatorio) se les respetaba más, y podían incluso salir con antelación de la clase, por la mañana. Los curas que celebraban la misa eran los mismos que nos daban clase. Menuda sensibilidad...